LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

                                                             
              Dentro del tiempo de Navidad celebramos los cristianos una fiesta importante: La Epifanía del Señor. Es la celebración del 6 de enero, que vulgarmente se le conoce como el día de Reyes o la fiesta de la ilusión - sobre todo para los niños- por esos regalos tan esperados que "los Reyes Magos les traen".
                           Es una celebración, dentro de la Liturgia cristiana, especialmente solemne y con un mensaje muy importante, del que debemos tomar buena nota los discípulos de Cristo. La palabra Epifanía, de origen griego, significa Manifestación. Y es que ese día celebramos la "Manifestación" del Niño nacido en Belén, como Salvador de todos los seres humanos sin distinción de raza, lengua o nación. El Salvador, tan anunciado por los profetas, no viene sólo para el Pueblo de Israel; viene también para los demás pueblos de la tierra, representados por los Magos llegados de Oriente.

                       UN ANUNCIO QUE TRASPASA TODAS LAS FRONTERAS

        Por eso los Apóstoles, a partir del día de Pentecostés, impulsados por la presencia del Espíritu
Santo, abandonan su retiro y se lanzan a la calle para anunciar con entusiasmo el Evangelio. Lo anuncian sólo en Palestina sino que, traspasando todas las fronteras, llegan hasta Roma, la capital de un gran Imperio, y alcanzan el extremo occidental de Europa, nuestra Galicia, donde hoy  veneramos los restos mortales de Santiago el Mayor, uno de los Doce.

     Hoy podemos decir  que la noticia del Salvador ha llegado a los cinco continentes; en todos ellos se han creado comunidades cristianas. Pero esto no significa que todos los habitantes del mundo conozcan al Salvador, ni mucho menos. Son aún muchos millones los que lo ignoran. Un motivo importante para que, desde la Iglesia, se incremente el esfuerzo misionero para que la noticia del Evangelio llegue a todos los rincones del mundo.

                            LA OTRA CARA DEL DÍA DE LA EPIFANÍA

   Pero el día de la Epifanía del Señor, además del importante mensaje religioso que hemos recordado y que debe constituir el centro de este día para los cristianos, se ha convertido también en el día de la ilusión y de los regalos. Regalos con los que disfrutan sobre todo los niños, pero también los mayores.
                Un aspecto de la fiesta que tiene su origen también evangélico, pues allí se habla de obsequios que los Magos ofrecieron al recién nacido.

   Creemos que es bueno cultivar una alegría sana, cultivar la ilusión y la sorpresa inocente. Es bueno que todos nos volvamos un poco niños en el sentido noble y evangélico de la palabra. Y que amemos a los niños con un amor que eduque, no con un amor blandengue y sentimental que les permita todos los caprichos y no les forme para la vida. Diríamos que el mejor regalo que unos padres pueden hacer a sus hijos, niños y adolescentes, es que éstos vean en ellos:
                 - que se quieren de verdad
                 - que se perdonan mutuamente los fallos cometidos
                 - que hablan bien, con un lenguaje respetuoso, no grosero
                 - que son trabajadores y sacrificados
                 - que son generosos, serviciales, no materialistas
                 - que tienen siempre a Dios en el centro de sus vidas

                   Ojalá que el Espíritu de Jesús se manifieste así en todos nosotros, los que nos llamamos cristianos. Entonces estaremos celebrando de verdad la Epifanía del Señor y también nuestra propia epifanía como discípulos de Jesús.

¡BO NADAL!, ¡FELIZ NAVIDAD!

                   
            En estos últimos días del mes de diciembre todos nos saludamos con una sonrisa en los labios:
¡Bó Nadal! ¡Feliz Navidad! Y el motivo de esta gozosa felicitación es que Dios se ha acercado tanto a nosotros que se ha hecho hombre y ha querido compartir así con nosotros las alegrías y penas, los éxitos y fracasos que forman parte de nuestra vida sobre la tierra.

               HA VENIDO A COMPARTIR NUESTRA VIDA

  Nos quejamos muchas veces de cosas que nos ocurren en la vida, de la mala suerte que tenemos. Y no faltan preguntas hechas con rabia: ¿qué le habré hecho yo a Dios para que me trate así? Queremos que todo en la vida nos salga a pedir de boca, que se cumplan siempre nuestros gustos y aspiraciones

                     Y la verdad es que Dios por nosotros ha hecho mucho más que suprimir las desgracias y contratiempos que jalonan nuestra vida aquí en al tierra, ha venido a compartirlos con nosotros.
¿Acaso vives en una situación de pobreza extrema, o te sientes despreciado y olvidado de la gente, o estás enfermo y nadie cuida de ti? Pues recuerda que Él nació en una gruta donde los pastores recogían sus rebaños y que su primera cuna fue un pesebre. Recuerda que vivió durante treinta años
 una vida oscura, trabajando como ayudante en la rústica carpintería de su padre adoptivo.

   Es verdad que los tres últimos años de su vida pública recorrió Palestina predicando un Mensaje de Salvación y el pueblo le seguía con entusiasmo. Pero como a algunos molestaba su doctrina santa, se confabularon contra Él, fue procesado, flagelado y condenado a muerte atroz: clavado de pies y manos en una cruz.
                                                LA FAMILIA DE NAZARET

   En este tiempo de Navidad la Iglesia celebra también la fiesta de la Sagrada Familia. Nos invita así a volver los ojos hacia aquella familia de Nazaret formada por José, María y Jesús. Un modelo al que deben imitar hoy nuestras familias.
                                                         Nunca olvidemos la importancia de la familia como institución.
El hecho es que Dios, al hacerse hombre en la persona de Cristo, escogió precisamente el seno de una familia para nacer y vivir la mayor parte de su vida sobre la tierra. Ello es, sin duda, un motivo muy importante para que valoremos la excelencia de la familia en la vida de una persona. Todos en la familia somos importantes: los padres y los hijos; sin olvidar otras personas entrañables como los abuelos, etc. Unos y otros tienen sus cometidos y responsabilidades propias.

                                       EL PAPEL SINGULAR DE LOS PADRES

  Sí, los padres desempeñan un papel importantísimo y muy delicado en la familia. De ellos depende,
en grandísima medida, que los hijos se realicen como personas y crezcan felices.

   Es verdad que, sobre todo hoy, existen otros factores que influyen mucho en el comportamiento de los chicos: el ambiente de la calle, las pandillas de amigos, los medios de comunicación, etc. Pero el ambiente degradado que se respira con frecuencia en tantos sitios, debe ser un motivo más para que los padres realicen con especial interés su papel de primeros educadores de sus hijos.

          Ahora, con los padres, para ayudarles en esta tarea educativa, está también el colegio y está la Iglesia. Para ayudarles, no para sustituirlos.
                                                                      Finalmente, podemos hacernos esta importante pregunta:
¿qué es educar?
                          Educar no es sólo dar buenos consejos. Educar es, ante todo, transmitir una conducta
ejemplar, un modo de ser personas honradas, veraces, fieles, trabajadoras, generosas,... y esto se transmite, sobre todo, con el testimonio ejemplar de unos padres  a los que sus hijos, ya desde muy niños, ven que viven estos grandes valores.

SE ACERCA LA NAVIDAD

                                       

            Un año mas, se acerca la Navidad; una celebración muy importante en el calendario cristiano.
Una celebración marcada por la alegría, sobre todo para el creyente que vive su fe. Una expresión de esta alegría es el típico saludo de este día entre cristianos: ¡Feliz Navidad! Pero, ¿hay realmente un motivo especial para vivir así esta fiesta? Sin duda que lo hay. Porque decir NAVIDAD es decir que Dios no ama de modo singular y, por ello se ha hecho hombre, ha nacido de una madre humana y ha venido a compartir con nosotros las alegrías y penas de esta vida.

                         REPASEMOS UN POCO SU VIDA EN LA TIERRA

  Un corazón cristiano en al Navidad debe rebosar de alegría, al ver que Dios- sin mérito alguno por nuestra parte- ha querido integrase en la naturaleza humana; sin renunciar a su condición divina, y ha querido compartir con nosotros las alegrías y penas, los éxitos y fracasos de nuestra vida sobre la tierra, menos el pecado.
                           A veces nos quejamos de muchas cosas: la pobreza o la enfermedad que uno padece, la mala suerte que, a veces, nos acompaña, la falta de amigos que nos comprendan, nos visiten y vivan siempre interesados por nosotros....Pues, en estas diversas situaciones, miremos al Niño que nace en Belén: no nació en un palacio sino en una gruta pobre donde los pastores recogían sus ganados. Más tarde, hasta los treinta años, vivió una vida humilde y oscura en Nazaret, ayudando a su padre adoptivo San José en el oficio de carpintero de aldea.

     En los tres últimos años de su vida en al tierra, se dedicó a difundir el Mensaje salvador por toda Palestina, siendo admirado por el pueblo sencillo que le seguía con entusiasmo. Sí, el pueblo sencillo lo escuchaba con gran atención; pero no así el sector influyente y rico, al que molestaba su doctrina santa, sus críticas a la hipocresía de ciertos sectores sociales y el atractivo que ejercía sobre las multitudes populares. Por ello decidieron denunciarlo y que fuera condenado a una muerte atroz: clavado de pies y manos en una cruz.

                              LA GRAN FIESTA DE LA LUZ

Dios, como decíamos antes, ha venido en la persona de Jesús a compartir nuestra vida sobre la tierra; es el gran acontecimiento que nos recuerda la Navidad. Por eso, siguiendo su palabra y su testimonio personal, hemos de vivir con gran ilusión nuestra existencia cotidiana, pese a los contratiempos que en ella nos acompañen. Dios es nuestro compañero en el viaje de esta vida.

              Por este tiempo de Navidad nuestras calles se iluminan y en muchos hogares vemos árboles cubiertos de luces que nos recuerdan las palabras de Jesús: "Yo soy la luz del mundo". Ahora, Jesús en el Evangelio con estas expresiones y el testimonio de su vida nos pide que seamos también nosotros luz para que, viviendo nuestras buenas obras, todos glorifiquen al Señor. Y seremos de verdad luz si nos esforzamos por vivir este doble mandamiento del Señor: "Amarás a Dios y amarás a tu prójimo".
                     Animémonos todos a vivir estas fiestas entrañables de la Navidad con auténtico espíritu evangélico. Que no sea el derroche ni el lujo lo que predomine en nuestras familias sino la sencillez y el amor. ¡Feliz Navidad!   

VIVAMOS EL AÑO LITÚRGICO

           
                El día 2 de diciembre comienza un año nuevo en el calendario de la Iglesia: el año litúrgico.
Un año pensado para ir conociendo, agradecimiento y celebrando a lo largo de él lo que Dios, nuestro Padre, ha hecho y sigue haciendo a favor de sus hijos, que somos nosotros.
En las diferentes celebraciones del año litúrgico el centro es la persona de Cristo, Dios y Hombre verdadero.

                                   UN TIEMPO QUE MIRA A LA NAVIDAD

                      El día 2 de diciembre, como decíamos, se inicia el año litúrgico con un primer tiempo de cuatro semanas al que llamamos Adviento; un tiempo en que la Iglesia se prepara espiritualmente para celebrar el gran acontecimiento de la Navidad: la venida de Cristo en carne mortal a la tierra, su nacimiento en Belén.
                                   Ahora, en el Adviento, además de la venida histórica de Cristo, que nace en Belén, la liturgia de la Iglesia nos recuerda otra venida de Cristo al final de los tiempos como juez de vivos y muertos.
                                      El Adviento nos invita a llenar de esperanza nuestro corazón y nuestra vida. Esperanza en Dios que nos ha prometido un Salvador y ha cumplido plenamente su palabra. Esperanza en que a este mundo, en el que ahora estamos, donde todavía abundan los vicios e injusticias, ha de suceder otro nuevo en el que triunfe la virtud sobre el vicio. Nos lo ha prometido el Señor: tengamos esperanza.

                                               REAVIVAR LA ESPERANZA

   Todos queremos un mundo más humano, más honrado, más justo, más alegre; pero este mundo lo tenemos que ir construyendo nosotros mismos tratando de ser cada uno, día a día, más humano, más honrado, más justo, más alegre.
                                                       Jesús, que ya vino en carne mortal a la tierra y se hizo compañero nuestro, nos trajo la salvación: él nos enseñó cómo se ama, cómo se perdonan las ofensas, cómo se construye la paz. Él nos enseñó a llamar Padre a Dios y a vivir como hermanos unos con los otros. En una palabra: Jesús nos enseñó caminos que llevan a la salvación, caminos que conducen a la felicidad plena. Ahora, lo importante es que nosotros nos decidamos a recorrer estos caminos evangélicos.

                        El Adviento es un tiempo para reavivar en nosotros la esperanza en una salvación que Dios nos ha traído por medios de su Hijo Jesús. Un tiempo para despertar y tomar en serio nuestra condición de cristianos. No olvidemos que ser cristiano no es vivir en la rutina; ser cristiano significa ser discípulo de Cristo, nuestro Maestro.
                                                                 Ojalá que en este tiempo litúrgico nos decidamos a hacerle caso al Señor que nos dice a cada uno lo que un día dijo a sus apóstoles: "Ven y sígueme".  

EL DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA

                                              
 
           El Domingo, día 11 de noviembre, celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Una fecha que debemos destacar en nuestra agenda religiosa. Todos pertenecemos a la Iglesia de Cristo desde el día de nuestro Bautismo, somos miembros de ella. Ahora, esta única Iglesia, presente en todos los países del mundo, tiene su propia organización que la hace más cercana a los millones de fieles que la integramos.
                          CONOCER, AMAR Y SERVIR A LA IGLESIA

   A nivel mundial, la cabeza visible de la Iglesia es el Papa; pero a nivel más local, al frente de las diversas diócesis, están los obispos. Nosotros, en concreto, pertenecemos a la Iglesia diocesana de Santiago de Compostela, regida por el Arzobispo Don Julián Barrio, al que acompaña, como Obispo Auxiliar, Don Jesús Fernández.
                                                             ¿Qué nos pide esta jornada de la Iglesia Diocesana? Nos pide, ante todo, que seamos conscientes de nuestra pertenencia a ella. Que tratemos de conocerla lo más posible, que la amemos de verdad y que la ayudemos en su tarea evangelizadora.

                                                 De las cinco diócesis que hay en Galicia, la nuestra es la más extensa territorialmente y la que cuenta con mayor número de habitantes. A ella pertenecen tres importantes ciudades: Santiago de Compostela, A Coruña y Pontevedra, un número considerable de villas y una amplia zona rural. El número total de parroquias que la integran supera el millar, agrupadas a su vez en 49 arciprestazgos.
                                              Actualmente nuestra Diócesis está dividida en tres vicarías episcopales territoriales, con un Vicario episcopal al frente de cada una. Esta división de la Diócesis facilita, sin duda, la labor apostólica del Arzobispo, ya que cada Vicario Episcopal actúa en su nombre, con poderes especiales al efecto.
                                                EL IMPOSTANTE PAPEL DE LA PARROQUIA

                          Sí, dentro de la Diócesis, hay que destacar el papel importante de la parroquia. Ella es el organismos eclesial más cercano a los fieles cristianos. Al frente de cada parroquia, nombrado expresamente por el Arzobispo, hay un sacerdote al que llamamos párroco. Si bien es cierto que en parroquias de ciudad, por su elevado número de feligreses, suelen trabajar más de un sacerdote, en la amplia zona rural - donde el porcentaje de habitantes ha disminuido notablemente - un solo sacerdote es el responsable de varias parroquias. De todos modos, un tema preocupante hoy, en el ámbito eclesial, es también la notable disminución de vocaciones al sacerdocio. Actualmente en nuestra Diócesis compostelana, el número de jóvenes seminaristas que, en el Seminario Mayor, se preparan para recibir próximamente el sacerdocio ministerial, se aproxima a los treinta. Parte de ellos proceden de la Universidad con su carrera civil concluida o medio a realizar. Son jóvenes conscientes de la responsabilidad que implica la vocación sacerdotal y, por ello, ofrecen la garantía de un futuro ministerial digno y esperanzador.
                                                      Finalmente, no olvidemos que en nuestra Diócesis hay también parroquias importantes atendidas por sacerdotes de congregaciones religiosas. Un servicio que debemos agradecer mucho.
                                           Día de la Iglesia Diocesana, un día importante para conocer mejor nuestra Diócesis, involucrarnos en ella y prestarle nuestro servicio y amor desde el puesto que cada uno ocupemos.   

"CREO EN LA VIDA ETERNA

                                                         
           En el calendario de la Iglesia el mes de noviembre nos invita a mirar a la Vida Eterna, esa vida sin fin que nos espera más allá de la muerte. Un mes que empieza con dos celebraciones importantes: la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

                           UNA CELEBRACIÓN ALEGRE Y FESTIVA

                La Solemnidad de Todos los Santos nos invita a mirar al Cielo y a rendir homenaje a tantos miles de hermanos nuestros, hombres y mujeres de todas las edades, que viven inmensamente felices, gozando de la presencia amorosa de Dios.

                        La Solemnidad de Todos los Santos invita también a meditar esta palabras de Jesús en el Evangelio:  "En la Casa de mi Padre hay muchas estancias y yo voy a prepararos sitio, para que donde esté yo estéis también vosotros" (Jn 14, 2-3)
                                                                                  Palabras que invitan a vivir, aquí en la tierra, con la esperanza firme  de alcanzar más tarde la gloria del Cielo.
Ahora, cuando hablamos de mirara al Cielo, no es para desentendernos de la Tierra, en la que ahora vivimos y donde todos tenemos una tarea que realizar, sino para realizar esa tarea con mayor entusiasmo y sentido de responsabilidad.
                                                                 La Solemnidad de Todos los Santos debiéramos vivirla en un clima de fiesta. Es un día para saborear anticipadamente el destino feliz que Dios tiene reservado para sus fieles.
                             UNA JORNADA PENITENCIAL Y DE SÚPLICA

              Tal es la Conmemoración de los Fieles Difuntos, que tiene su fecha l días dos de noviembre. Una celebración distinta de la anterior. En ella recordamos con amor a esos hermanos nuestros que han dejado este mundo y están viviendo, antes de entrar en la gloria del Cielo, una etapa última de purificación  de la pena temporal merecida por sus pecados. Pecados que ya habían sido perdonados en cuanto a la culpa.
                                 El estado en que se encuentran estas almas se llama Purgatorio. La Iglesia  nos pide que, con nuestros sufragios (oración, actos penitenciales, obras buenas) ofrecidos a Dios por ellos, les ayudemos a anticipar su purificación.
                                                                                           El mes de noviembre suele llamarse también "mes de Difuntos" . Se subraya así el mismo de la muerte y la finitud  de las realidades terrenas. Hoy que se busca alocadamente el disfrute inmediato de las cosas, olvidando la dimensión moral de nuestra vida, es bueno meditar sobre el tema de la muerte. Un tema que, visto sin angustia pero sí con mirada realista, fomenta la sensatez en la persona humana.

                                    LOS CAMINOS QUE LLEVAN AL CEILO

                  Es bueno meditar con frecuencia las formas de vida que nos llevan a la felicidad eterna. La Iglesia, en la liturgia del día de Todos los Santos, nos propone como lectura evangélica el texto de las Bienaventuranzas.  Son caminos que el mismo Jesús señala para alcanzar la Felicidad Eterna: ser pobres en el espíritu: Ser humildes y sencillos, entregados generosamente al servicio del prójimo. Ser sufridos: llevar con serenidad el dolor, la enfermedad o los contratiempos de la vida. Ser limpios de corazón: no cultivar la trampa y la mentira, ser auténticos. Ser misericordiosos: vivir atentos a las necesidades del prójimo; repartir cariño, ánimo y comprensión. Ser pacificadores: Constructores de paz, acogedores, personas que no incordian y saben controlar los impulsos. Tener hambre y sed de Justicia: Buscar siempre el bien en todas sus formas.
                                                                                           Son caminos que Jesús propone para alcanzar esa meta feliz que llamamos Cielo. Decidámonos a seguirlos.

UNA VIRTUD BÁSICA EN LA VIDA DEL CRISTIANO

          
 
              El orgullo, la autosuficiencia, el afán por el poder y los primeros puestos es la moneda más apreciada en el mundo. Pero no es la moneda para entrar en el Reino de Dios. En el Evangelio Jesús nos invita a ser humildes, a no buscar los primeros puestos y las alabanzas de la gente; y concluye:
"Aquel que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

                                          CUALIDADES DE UNA PERSONA HUMILDE

              ¿Qué es la humildad?  ¿Qué significa ser humilde?  Ser humilde no significa ser una persona apocada, cobarde, sin iniciativas personales, que siempre se considera indigna e incapaz de muchas cosas.
                  Humilde es aquel que, en la vida, sabe estar en el puesto que le corresponde, consciente de sus derechos pero, a la vez, fiel cumplidor de sus deberes. El humilde no ignora sus propios valores, sus excelentes cualidades, pero también ve y acepta sus propias limitaciones y defectos. El humilde no se supervalora y valora siempre a los demás; sabe alegrarse con las alegrías del prójimo y no se deja dominar por la envidia ante los triunfos y éxitos  de los demás. El humilde procura ser natural y sencillo en todo, ocupe el puesto que ocupe; no es grosero ni agresivo en sus expresiones, no hiere despiadadamente a los demás. Santa Teresa de Jesús nos dio una buena definición de la humildad cuando dijo: "Ser humilde es andar en la verdad", saber ser lo que uno es y saber luchar por lo que Dios espera de cada uno.

                                     AGRADABLES A DIOS Y A LOS DEMÁS

   Sí, la humildad nos hace gratos a Dios, porque nos hace sentirnos dependientes de Él y hace que en nuestro corazón brote el sentimiento de adoración, de sumisión y gratitud a nuestro Creador y Padre

    Pero la humildad nos hace también agradables a los demás porque favorece la convivencia, crea un clima de paz, de confianza y de alegría. Con una persona humilde uno se siente siempre a gusto, se siente valorado, respetado y querido.
                                                                   Los conflictos entre mayores y jóvenes, entre personas con opiniones distintas, las crisis de obediencia y autoridad tienen siempre un trasfondo de soberbia. Todos quieren tener siempre la razón, hacerse con el poder, imponer la propia verdad.

   "¡Hay que dialogar!", decimos con frecuencia; pero por dialogar entendemos, muchas veces, que el otro acepte mis puntos de vista. Y eso no es dialogar; es imponer mi voluntad por encima de todo. Falta humildad.
                         Nunca olvidemos estas palabras de Jesús en el Evangelio: "El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido". Esforcémonos por aprender del Señor a ser sencillos y humildes de corazón: seremos felices aquí en la tierra y marcharemos por buen camino hacia la felicidad eterna del cielo.